Instituto Nacional del TORAX

Rosaura González, Dama de Amarillo del INT: “Prometí que iba a dar hasta no poder más”

Dicen que el amor es acción más que palabras. Y los voluntarios son un ejemplo permanente de esa frase. Los invitamos a conocer la historia de una de nuestras voluntarias, que acompaña a los y las pacientes del Instituto Nacional del Tórax desde hace 17 años.

Rosaura González Zamorano (73 años, 3 hijos y 5 nietos) lleva más de 30 años de voluntariado, 17 de ellos como Dama de Amarillo en el Instituto Nacional del Tórax.

Dueña de una energía envidiable, la señora Rosaura tiene mil historias y anécdotas tras media vida trabajando desinteresadamente por aliviar el dolor y acompañar a cualquier persona que lo necesite: “Desde muy lola quise ser voluntaria, pero me casé joven y con tres hijos, no podía. Apenas tuve tiempo, me integré, primero al lado (Hospital de Neurocirugía) como Dama de Azulino, hasta que llegué al Hospital del Tórax, a las Damas de Amarillo”, cuenta.

Con más de 68 años de historia y presentes en hospitales de todo Chile, las Damas de Amarillo llegaron al INT apenas fue fundado, inicialmente compuesto por las esposas de los médicos. “Somos el Ropero del Hospitalizado y el voluntariado más antiguo del país”, cuenta Rosaura. “Nosotras visitamos a los enfermos, conversamos con ellos, los escuchamos y atendemos sus necesidades”, agrega.

La finalidad de las Damas de Amarillo es ayudar material y emocionalmente a los pacientes de escasos recursos, visitarlos y acompañarlos, entregándoles cariño consuelo y solucionando sus problemas más urgentes. “Los abastecemos principalmente de útiles de aseo, pañales y ropa; pero, en especial, los consolamos y escuchamos. Acá hay mucho paciente de región que está solo, ya que sus familiares no tienen los recursos para viajar a estar con ellos”, explica.

Se emociona cuando se le pregunta por qué está aquí y no en otro lugar: “Tuve a uno de mis hijos muy enfermo y le prometí a Dios que iba a dar hasta no poder más”.  También habla de la satisfacción de llegar a su casa después de una larga jornada y saber que ayudó a tantas personas.

Desde conseguir simples peinetas y peines para todos los pacientes y comprar encargos en la farmacia, hasta celebrar la Navidad y llevar regalos para todos, son parte de las ocupaciones que ha tenido la señora Rosaura a lo largo de todo el año, y donde la acompaña y apoya su familia y redes de amigas. Porque claramente ella contagia su entusiasmo a todos.

Al hablar de cuáles son, según ella, los requisitos para unirse a este voluntariado, ella recalca: “Debe tener paciencia y mucho tiempo, porque los enfermos merecen ser escuchados sin prisas”, puntualiza.